El exilio del corazón

Ya sé que estoy loco. Como una cabra de vida alegre, para ser más exactos. Tanto que se me antoja preferible mendigar antes que trabajar en la devastación, el consumismo, el engaño o la especulación. Tanto que no creo en la propiedad privada de tierras no cultivadas con las propias manos. Menos aún en la propiedad de los seres: animales, hijos, compañeras. Loco porque siento que todo cuanto es, soy. Y me duele el mar, y el desplazado y la niña de cuatro meses aparcada en la guardería pública. Por si fuera poco, no consigo adaptarme a esta sociedad moderna. Así que además de loco, inadaptado. Ahora bien. Anoche me vino un pensamiento. Lo rescaté de una ráfaga en el aire. A ver qué os parece: ¿No es de locos que los locos más locos, los peligrosos de veras, los que destruyen la armonía con su codicia y fabrican muerte prematura y depresión y miseria en miles, millones de seres humanos, sigan por las calles tan frescos? En realidad, no pisan la calle. Van en jet privado, o en limusina o, los más incipientes, pobres, en un Audi oscuro. Quiero decir. ¿Qué entendemos por loco peligroso? ¿No son esos los que deberían estar bajo la delicada protección de los sedantes legales?

El otro día, un amigo me decía: "Mira, habláis de las transnacionales como si fueran entes abstractos. Y detrás de todas y cada una de ellas, hay personas, tipos con nombre y apellidos". Así que dejemos de hablar de la banca y los mercados, y hablemos de los seres humanos enfermos que están enmascarados tras ellos.

Me pregunto si un puñado de los nuestros (quiero decir, del clan humano) como Emilio Botín, Steve Jobs, Hillary Clinton o Florentino Pérez, por poner algunos ejemplos fácilmente reconocibles, no causan más miseria, muerte y devastación que el Katrina, la peste porcina y el Parkinson juntos. No sé si me explico.

Ya sé que yo también ando suelto. Y confieso que estoy más loco que Khalil Gibran. Pero al lado de estos personajes, soy más inofensivo que un bebé en un bautizo. Como mucho berreo y pataleo. Poco más puedo hacer dado mi corto alcance. También trato de crear puentes hacia la cordura. Pero eso no viene al caso.

Y ojo. Que algún vecino podría pensar que es inquina esto que traigo. Y no es así. Lo más jodido es que estos mozos inconscientes, poderosos y pueriles no dejan de ser carne de mi carne y ser de mi ser o, al menos, yo en mi locura así los siento. Con lo cual sólo procede la actitud de un hermano pequeño y débil hacia otro mayor que está muy enfermo: atención, compasión, corrección fraterna (como se dice entre frailes) y -si es ineludible- la puesta en custodia ante profesionales competentes.

Pensaréis: sí, sí, pues la llevas clara. Ya. Pero también puede ocurrir que en un momento dado, inesperado como es costumbre, nos demos cuenta de que esto es así y decidamos poner en sanación a aquellos que nos están exterminando. Los números cantan: por cada poderoso sanado, miles de oprimidos liberados, tal vez millones. Es toda una motivación, ¿no os parece?

Así que si queréis montar una ONGD, os propongo algunas: "Poderosos hacia la consciencia", "Solidaridad con los especuladores", "Salud mental para millonarios", "Mujeres ostentosas buscando en qué probador se dejaron el corazón", "Acaparar es otra forma de darle al gatillo", "Manicomios (con perdón) sin fronteras económicas", etc.

Mientras los ricos (y las menos empobrecidas) no nos relajemos, mermemos nuestras hipertrofiadas necesidades (ahora se llama decrecer; desde siempre se ha llamado sencillez) y dejemos, en definitiva, de joder (la vida a los demás), lo de hacer hospitales de hormigón armado en los trópicos no deja de ser, aparte de mero maquillaje social, un vaciar la bañera con dedales tóxicos mientras el grifo sigue abierto de par en par, a chorro limpio, y el desagüe obstruido.

Y cuanto más rica es una, más jode. Ya me entendéis. De ahí que ser rico, en este mundo de hoy, debería dar un poquito de vergüenza. Digo. La suficiente como para acudir al médico, o mejor, a las calles, a repartir lo que excede lo justo.

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